June 2013
Pero la basura es también un lugar.
Si mando todo a la basura me quedaré llorando por lo perdido.
Mujer desmejorada en camiseta.
Yo merezco dormir desnuda, como a quien todo le falta y espera que la madrugada lo traiga.
Duermo desnuda con la esperanza de amanecer vestida y con las manos llenas.” —Ariadna Vásquez Germán.
En 1953, el abogado chileno Jenaro Gajardo Vera registró la propiedad de la Luna pagando 42.000 pesos de la época, oficializándose la escritura el 25 de septiembre de 1954 en el Conservador de Bienes Raíces de la ciudad de Talca.
El documento que presentó decía textualmente lo siguiente:
Jenaro Gajardo Vera, abogado, es dueño, desde antes del año 1857, uniendo su posesión a la de sus antecesores, del astro, satélite único de la Tierra, de un diámetro de 3.475.00 kilómetros, denominada LUNA, y cuyos deslindes por ser esferoidal son: Norte, Sur, Oriente y Poniente, espacio sideral. Fija su domicilio en calle 1 oriente 1270 y su estado civil es soltero.
Jenaro Gajardo Vera
Carné 1.487.45-K Ñuñoa
Talca, 25 de Septiembre de 1954.
Tras pagar una suma considerable en trámites burocráticos, Jenaro recibió las escrituras de la luna que le acreditaban como propietario, con lo cual vio pudo cumplir su sueño y acceder como miembro al club Talca.
Según sus propios dichos, el entonces presidente estadounidense, Richard Nixon, cumplió la formalidad de pedirle permiso para el alunizaje de la Apolo 11 en 1969, a lo que respondió afirmativamente.
Sin embargo, en 1967 se firmó un tratado por la ONU que prohíbe la compraventa de objetos exteriores a la Tierra, a pesar de lo cual, en 1980, el estadounidense Dennis Hope formaliza de nuevo en una oficina del registro de San Francisco la “compra” de la Luna, dedicándose desde entonces a vender “parcelas” en suelo lunar.
Eso y también podrías comprar una estrella.
People I Could Have Been and Maybe Am
Boris Gerrets, The Netherlands, 2010, color, video, 53’
There is no script: what begins as a vague idea gradually metamorphoses into a confusing project, and filmmaker Boris Gerrets begins to have grave doubts about his own role in all of this. When he ends up in bed with Sandrine, he goes from observer to participant in his own film. The camera would seem to be an aphrodisiac, but the closer he gets to his subject, the more the camera gets in his way. At the same time, things happen that would never have been possible without the camera. Filming creates one moment while simultaneously destroying another. According to Gerrets, that is the paradox that defines cinema’s relationship to reality. Meanwhile, Steve drinks to numb the pain of loneliness. He wants life so badly that he botches it all up.